El campo de los olvidados
El Campo De Los Olvidados
Capítulo I
Charlas al Abismo
¡Silencio!, era el grito que
me hacía tropezar. Tenia cuatro o cinco años, los recuerdos son borradores
borrosos de mi historia, algunas cosas que pudieron haber sido: quería ser
astronauta, lo recuerdo muy bien, el cielo causaba en mí esa fascinación de
niño que derramaba inocencia, cuando fuera de casa caminaba sujeto al brazo de
mi abuela, la luna me acompañaba, le posaba mi mirada fija, mientras balbuceos
de mi boca intentaban decir: “abuela, por qué me sigue” por lo regular era así,
era felicidad espontanea de niño pequeño.
Nací un veintiocho (28) de
diciembre en horas de la tarde, el hombre que tuve que llamar “papá” fue el
mismo hombre que a los pocos días de mi nacimiento negó serlo, acusó a mi madre
de infidelidad con su anterior pareja y padre de mis dos hermanos mayores, pero
las cartas se voltearon cuando fueron entregados los resultados de ADN,
efectivamente… soy el hijo de ese hombre.
Recuerdo a mi madre un día
decir: “yo siempre deseé una niña” un comentario que duele toda la vida; con su
primera pareja tuvo dos hijos, ambos con un año de diferencia, el padre los
dejó para abrirse camino y seguir con su vida como si nada. Luego de un tiempo
ella sostuvo relaciones con un hombre que le doblaba la edad y ya tenía
familia, a los nueve meses nací yo, el día de los santos inocentes, mi padre me
dio la espalda. La única vez que se digno a tomarme en brazos, lo hizo con
repugnancia, el día que me enseñaron aquella foto, luego de contarme la
historia de como fui rechazado como hijo, brotaron lagrimas de enojo en los
mismos ojos que antes miraban a la luna con un amor de niño, yo tenía solo seis
años, no era más que un niño pequeño, necesitaba recibir algo de aprecio. A los
cuatro años de mi nacimiento, ocurre el de mi hermana, ultima hija y la que
anhelaba mi madre; recuerdo la sonrisa que ese día tenía tatuada en su cara, mi
madre estaba contenta aun después del parto, y mi padre que conmigo fue
indiferente, también tenía una sonrisa. En medio de mi ingenuidad intenté
cargar a mi hermana, pero un grito me alejó de inmediato, mis padres no me
dejaron, ese mismo grito despertó a la bebé, y la sonrisa tatuada en sus
rostros se transformó en ira, fui reprendido verbalmente, fui reprendido por
ser un niño.
No tuve con quién hablar;
aprendí a leer, escribir y un poco de matemáticas, en casa, con mi madre o mi
abuela, porque mi papá vivía con su familia, con su hija mayor que tenía solo
un año menos que mi madre y con su esposa. Aprendí con gritos y golpes, aprender
fue doloroso, tanto física como mentalmente, solo era un niño, no podía
refunfuñar en contra de ese método. Cuando ingresé a la escuela primaria,
sentía nervios, estaba asustado, no conocía a nadie, pues no estuve en ninguna
guardería y mucho menos en un preescolar; ese primer día de clases, fui con mi
madre tomado de su cálida mano, tenía casi seis años y toda la inocencia que en
mi habitó. Un recuerdo de cuando estuve en primaria es el de una niña, era la
hija de la señora que atendía la cafetería de la escuela, su primer nombre era
Melani y el segundo era Sofía, de su apellido no tenía idea, solo sabía que
ella me trataba con amabilidad, en un año de escolaridad, porque solo estudió
conmigo el primer año, me brindó algo que nunca sentí en mi casa.
En segundo grado de primaria
tuve una pelea, fue un chico el que les dijo a sus amigos que me golpearan, yo
nunca había peleado, pero acorralado por casi cinco niños tuve que hacerlo, yo
tenía seis años y el rencor guardado de saber quién me dio la espalda al nacer;
aquel grupo de niños fue recibido con mis golpes descoordinados, solo lanzaba
puños a todos, cuando cesó la pelea con ellos, no pude evitar amenazar al chico
que los envió, recuerdo que al siguiente día ellos firmaron una acta por
conducta y yo quedé libre, por haberme solo defendido.
No he celebrado ningún
cumpleaños, en algunos de mis cumpleaños compraban pastel, pero había que
entender que nací en diciembre, el mes donde todo sube de precio, debían
comprar ropa y todo lo demás, entonces mi regalo era la ropa que estrenaba. En
cambio, mi hermana, nacida en febrero, sí recibía regalo y pastel, tomaban una
fotografía en donde tenia que fingir estar sonriendo, y le celebraban el día a
la hija deseada. Las fotos que hayan de mí, se pueden contar con los dedos de
las manos, porque al parecer habían comprado una cámara digital, solo para
fotografiar a mi hermana; todas esas pequeñas cosas me entristecían, pero algo
que lo hacía más era ver películas, ver aquellas películas familiares donde
viven de manera ideal, comparar mi vida con el cómo vivían en esas películas,
me rompía, sentía un vacío en el pecho, luego me lanzaba sobre mi cama y
cubriéndome la cabeza, empezaba a llorar.
Algo divertido de esos
recuerdos es que, cuando me golpeaban con un cinturón, que cabe recalcar que mi
madre era bombero y mi papá el comandante de la estación, entonces aquel
cinturón tenía de ancho casi diez (10) centímetros; me decían que no llorara, a
lo que, en el intento de hacer caso a la orden, terminaba durmiendo en donde
fuera. Mi abuelo era el que me llevaba a la escuela, mi madre solo me llevó el
primer día he iba a las reuniones de final de periodo, mi abuelo estaba
enfermo, tenía una sonda para poder orinar, el solo me acompañaba a la escuela
y regresaba en la tarde para acompañarme a casa, digo acompañarme porque no
sujetaba mi mano, solo caminaba junto a mí. Cuando pasé a tercero de primaria,
mi abuelo me dijo que me aprendiera el camino, así que empecé a ir yo solo,
porque mis hermanos ya estaban en el colegio, entonces ellos no podían
acompañarme.
Días y días iguales, los
primeros dos años de escuela, llegaba contento a casa, he intentaba contar todo
lo que me pasaba, pero era ignorado por todos y solo me quedaba jugar en el
patio con algunos carritos y soldados de plástico, el patio era grande, repleto
de plantas y con dos árboles, uno de limón y otro de naranjas, jugaba y jugaba
hasta el cansancio, jugaba solo, mis hermanos no jugaban conmigo, mi madre
estaba trabajando, sino cuidando a mi hermana, mi papá visitaba la casa algunas
veces, eran muy pocas y en casi todas sus visitas, solo tenía sexo con mi
madre, mi abuela tampoco jugaba conmigo y mi abuelo estaba en una cama gran
parte del día, porque su enfermedad no lo dejaba hacer mucho. Era demasiado
extraña la ocasión en que jugábamos juntos, cuando ocurría, jugábamos con
juegos de mesa, cartas, parqués, dominó, ajedrez y demás, pero también esas
ocasiones también están contadas con los dedos de una mano.
Era yo el mandadero selecto,
si podía ir a la escuela solo, también podía hacer los recados, así era como
pensaban, yo le llevaba la comida a mi papá a la estación de bomberos, los días
que mi madre descansaba, recuerdo que cuando hacía mandados y las veces que me
regañaba, eran las únicas en las que hablaban conmigo.
Una mañana a las cinco y
media (5:30) me desperté por unos gritos entre sollozos, mis ojos se
transformaron en una fuente, me levanté de la cama y caminé hacia el ruido, mi
abuelo había muerto, el cáncer de próstata lo había matado, ahora entendía por
qué me enseñó el camino a la escuela y a casa; lloré demasiado, más que todo
durante la noche, el día que lo velaron, a la casa llegaron desconocidos,
dijeron ser familia, pero dónde estaban cuando don Juan estaba postrado en una
cama, tomando medicamentos para el dolor tan insoportable, haciendo sus
necesidades encima por la incapacidad de ponerse de pie, ¿dónde estaban?.
Tenia solo siete años, cuando
en las noches hablaba conmigo mismo, intentaba no hacer ruido al llorar para no
ser reprendido, no dormía correctamente por pensar toda la noche en cómo sería
morir, no decía nada a nadie porque nunca fui escuchado, nunca fui tratado con
amor, tal vez por eso aun no olvido a Melani, porque ella si me preguntó
sinceramente ¿cómo estás?, pero todavía me culpo por responder siempre con tan
insignificante respuesta, “estoy bien”.
Capítulo II
Cariño
A la edad de ocho años estaba
haciendo cuarto de primaria en el colegio, recuerdo que cuarto y quinto de
primaria se debían terminar en esa sede, era porque al llegar a quinto te
debías graduar y así ingresar a sexto, en secundaria. El primer día terminé
perdiéndome, mis hermanos salían de la casa cuando faltaban diez (10) minutos
para las siete (7) de la mañana, yo lo hacía cuando faltaban quince (15)
minutos; ellos no fueron conmigo y entonces fui solo. De la escuela al colegio
había una pequeña loma que descendía hacia el colegio. Mientras yo la bajé,
recordé qué pensaba sobre el colegio: creía que el puente que debía cruzar era
colgante y de madera, pensé que estaba encima de un rio enorme, al final era un
charco de agua con algunas plantas alrededor y un puente de unos cuantos metros
de alto. Subí las escaleras que estaban frente al portón de la institución, de
lo nervioso que estaba creí que eran muchos escalones, al final eran casi
treinta que iban en acenso a la entrada y tenían un camino para personas en
silla de ruedas a través de las escaleras.
Entré al colegio y el celador
que había, era la persona más parecida a un estereotipo que nunca había visto;
el hombre con entre cuarenta (40) años, era gordo y con un olor desagradable a
café que salía de su boca. Luego de pasar el portón de delgados metales había
una bifurcación del camino, se abría para el lado derecho y también para el
izquierdo, el izquierdo era para llegar al bloque de primaria y el derecho para
ir al bloque de secundaria; no lo sabía y escogí otra opción, un camino que
tenía escaleras y estaba al frente. Al tomar ese “camino” terminé perdido, no
lograba ubicarme, además todas las personas que había eran enormes, no logré
diferenciar quién era maestro y quién estudiante. Caminé hacia adelante y
ubiqué la cafetería, llena de personas comprando cosas, cuando llegué vi a lo
que supuse era un profesor, vestía con ropa para practicar deportes, era un
poco gordo, parecía de educación física. Le pedí ayuda para encontrar el baño
porque las ganas de orinar eran insoportables, el profesor me dijo el camino:
“al fondo a mano izquierda”, por respeto di las gracias, luego hice el intento
de tomar el camino, digo intento porque terminé de nuevo en un portón tras
bajar por unas escalas. En este portón estaba un celador diferente. Me encontré
bastante desorientado, no lograba ubicarme y por continuar caminando hacia el
frente solo hacia perderme; aparecí en otro bloque, no sabía si era secundaria
o algún lugar de adultos, solo había gente alta, así que busqué otro camino
para salir, estaba mirando a todos los lados, hasta que me detuve en una salida
que vi al fondo de todo el bloque, caminé rápido hacia allá. Cuando llegué y
giré a la izquierda pude ver de nuevo la entrada principal y la cafetería,
entonces lo supe, volví al bloque del inicio. Caminando hacia el bloque de
donde estaba la cafetería, miré levemente el portón de ingreso, allá estaban mis
hermanos, seguían su camino al bloque de secundaria. No sé como viví todo eso
en cinco (5) minutos.
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🦥🦝