carta: diciembre.

Ha sido un embrujo que, tras tocar tu mano, no ha hecho sino invadirme. Viajé a través de un vínculo que creé con aquel sentido tan primitivo: haber fundido mis dedos en el tiento que es tu mano. Seamos árboles de viejos troncos, mal crecidos; enredados de tal forma, que dependamos de únicamente nuestra raíz. Con el tiempo se extenderá, con nosotros, he iremos muy profundo y sin rumbo. Quiero que viajemos de hoja en hoja, como pulgas que se desplazan sin detenerse. Deslizarse hacia las raíces no es difícil, de hecho, es algo que no genera esfuerzo. Nunca pierdas mi mano en las cosas superfluas, no quiero tropezar y caer con las raíces; no tropieces. Eres invasora, tus ramas se están mezclando en mis pensamientos y, la forma de tu nombre se escribe en ellas. No hay curandero que des-rece el rezo que me has hecho; escéptico no lo veía llegar: estar fundido con tu mano y abrazado por tu alma. El calor del sol no ha sido tanto, el espacio no enfría lo suficientemente, el terror no da mucho miedo, las tinieblas no son muy densas; todo es tan minino, aún nadie ha amado, cómo te amo.

(“El siguiente paréntesis es un comentario en medio del proceso creativo”: Ten muy claro que pensarte no fue mi idea, fue un evento impuesto, por ende, me desligo del uso ilegal de una imagen con tantos derechos de autor como la de tu rostro).

Son sus ojos un gestor de lo divino, un movimiento de sus párpados es como ese aleteo que causa tornados. Se desvanecen ideas, se va todo; estoy mirándote. Reflejo vívido de lo onírico, de lo que, en esos pensamientos de un mundo fantástico, veo todavía como lejano.

Creemos un camino de árboles de ramas torcidas, sin enderezar, sin soltar. Atravesemos el vínculo del sentido primitivo que nos une, sorprendámonos por todo lo que el tacto nos pueda provocar, disfrutemos de todo lo que nuestro enredado camino nos llegue a revelar. Sé la rama que me retuerce, sé todo lo que puedo llegar a necesitar, a querer. Enredémonos en la vida, enredemos a la vida y a la muerte. Eres la salida de este laberinto de enredijos, enredijos que no entiendo, como no puedo comprender por qué empecé a disfrutar lo que nunca. Veamos lo que nadie puede, crezcamos como lo que somos: árboles que se torcieron juntos por el camino, árboles conocedores de sus raíces… creadores de nuevas.  Es implicatio maxima huius viae, es implicatio quam maxime intelligo. Esto mea radix. 

Comentarios